Señales
Cada vez que le miraba parecía decirme algo diferente. Permanecía inmóvil en su cama de hospital y, sin embargo, podía jurar que continuaba contándome historias. Llevándome a aquellos sitios que su imaginario creaba para procurar mi sueño o alejarme de los malos pensamientos. Porque la mente oscura me invadía desde la infancia y ella sabía que si no me distraía, terminaría irremediablemente pensando en la muerte. En la mía. En la suya. En la de todos nosotros. Así que me contaba historias. Cuentos que me hacían viajar desde un mundo con dragones y gigantes, hasta las oscuras calles de una ciudad corrompida por la mafia y el poder. Ella me alejaba de los pensamientos mortales que atormentaban mis días.
Por eso, cuando me enteré que había caído en cama y que quizá no despertaría, lo último en lo que pensé era en su muerte. Yo veía las señales que enviaban los latidos de su, aún activo, corazón. Escuchaba los cuentos que recitaba con cada exhalación asistida que su cuerpo generaba e incluso me sentía capaz de encontrar el final de aquellas historias que no terminó de contarme por la fuerza que el sueño ejerció sobre mí.
Ahí, en medio de esa cama, podía leer las señales que su cuerpo me enviaba y como, hasta su último respirar, pedía, para mí, nunca pensar en la muerte.
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