Dicen que el nombre de una persona es capaz de determinar su destino. He escuchado, incluso, que aquellos que heredan el nombre de su padre, de su abuelo, de generaciones y generaciones obsesionadas por traspasar cada una de sus moléculas; cargan con el peso de sus demonios no aniquilados. Mi madre no se llama Karen. Ni mi abuela, ni nadie en la familia. La leyenda dice que mi abuela decidió que ese sería mi nombre, aún contra la voluntad de mis padres. Y sí, aquella mujer continúo siendo quien moldeara las decisiones de mi camino infantil, dejando claro que sería la norna de mi destino. Pero 'Alú', mi segundo nombre, cuenta una historia muy diferente. 'Alú' existía antes de mi nacimiento, y no por ser la herencia de algún antepasado, no. 'Alú' existía por la necedad de un par de enamorados que vieron en el acto de combinar sus nombres, el nacimiento de uno nuevo. En ese momento, aquel vocablo singular fue elegido como el segundo nombre de mi hermana; y por a...