Tristeza
Yo la tristeza la siento en el cuerpo. Esa eterna sensación de quien ha nadado por horas y aún siente su cuerpo flotando en el agua. La percibo en mis ojos que, necios ante el mandato de la razón, arden todo el tiempo, como si reclamaran lágrimas. La siento en mis movimientos lentos y la divagación obsesiva de mi mente que se enfrasca en pensamientos que me envuelven más en la emoción. La tristeza llega siempre a matizar mi cuerpo. A perpetuar en mí la sensación de no tener el control, de permanecer flotando.
Tenía 18 años la primera vez que descubrí que estar triste me hacia percibir un aroma peculiar y, desde entonces, ha vuelto a aparecer en cada ocasión que hay manchas nublando mi mente. Fue a los 18 años cuando entendí que la tristeza me llevaba al silencio y me refugiaba en la ficción de la literatura. Y en ese mismo momento, entendí que la idea de la muerte me volvería a llevar a ese sitio en diferentes episodios de mi existencia. La muerte como antagonista natural de mi vida.
Hoy he vuelto a pensar en la muerte. No en la propia, no. Esto no es un escrito de corte suicida, como pudo haberlo sido hace años. Ya no. Mi enemistad con la muerte ha llegado al punto en que no le daría la oportunidad de entregarme a ella con tanta facilidad. No le haría el trabajo simple en esta guerra.
He vuelto a pensar en la muerte como la mayor causa de mi desesperación. Y no he podido evitar caer en cuenta de la malicia que conlleva su existencia: llegar a este mundo, toparte en la vida con seres que se vuelven tuyos, que se filtran en tus días de tal manera que resulta imposible imaginarte sin ellos, que son tus segundos y las voces que arrullan tus noches... que llegan siempre para después partir. Y me niego. Y no quiero creer que mi única alternativa sea abrazar esta realidad.
Y te niego. Y te odio. Y te lanzo esta declaración como un grito de guerra.
No me vas a ganar.
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